¿Puede fallar la pena capital?
2 de octubre de 2026
Durante más de una hora, Christa Pike hizo algo que Tennessee no contemplaba: siguió respirando.
La tarde del 30 de septiembre de 2026 estaba tumbada y sujeta a una camilla en la cámara de ejecución de la prisión de máxima seguridad de Riverbend, en Nashville. Tenía 50 años y llevaba tres décadas condenada a muerte por el asesinato de Colleen Slemmer, cometido en 1995, cuando contaba con 18.


A las 19:27, los funcionarios abrieron la cortina que separaba la cámara de la sala desde la que observaban los testigos. Pike ya tenía colocada una vía intravenosa. A su lado estaba su asesor espiritual. Hablaron, cantaron y ella pronunció sus últimas palabras, pero pasaban los minutos y seguía consciente.
En algún momento comenzó a quejarse del brazo y preguntó a los funcionarios si aquello debía doler así. A las 19:46 cerraron la cortina y tres minutos después volvieron a
abrirla. Las instrucciones del estado contemplan una posibilidad: si la primera administración de pentobarbital no provoca la muerte, debe utilizarse una segunda. Se hizo. Tampoco fue suficiente.
Pike empezó a emitir un sonido parecido a un ronquido. Hacia las 19:56 levantó ligeramente la cabeza de la camilla y la giró hacia un lado. Diez minutos después, los funcionarios volvieron a cerrar la cortina y durante unos cuarenta minutos más los testigos continuaron escuchando su respiración al otro lado.
A las 20:22, uno de sus abogados pidió que detuvieran definitivamente el procedimiento y comenzaran a prestarle asistencia médica.
Aquella tarde Christa Pike había entrado en la cámara de ejecución para salir de ella muerta. Salió en ambulancia.
Horas después, el Departamento de Prisiones de Tennessee emitió un comunicado especialmente inusual. Aseguró que se habían llevado a cabo todos los pasos y añadió que no había ninguna actuación adicional prevista para lo que acababa de ocurrir.
Sobre el papel, hasta ahí llegaban las instrucciones.
Y la respuesta del millón es…
Sí. Una ejecución puede fallar, y de varias maneras.
A veces ni siquiera llega a empezar porque el equipo no consigue establecer una vía intravenosa. En otras ocasiones los medicamentos se administran, pero la muerte se prolonga mucho más de lo previsto. También ha habido procedimientos interrumpidos por problemas técnicos y condenados que han sobrevivido para enfrentarse después a una nueva fecha.
El caso de Pike resulta especialmente extraño porque llegó mucho más lejos.
Desde finales de 2024, Tennessee utiliza para sus inyecciones letales únicamente pentobarbital. Hasta entonces estaba vigente el sistema adoptado en 2018, que recurría a tres fármacos: midazolam, bromuro de vecuronio y cloruro de potasio.
La revisión que terminó cambiándolo comenzó después de que el estado suspendiera las ejecuciones en 2022 por problemas detectados en el cumplimiento de los controles de preparación de los químicos.
La documentación incorporada a distintos procedimientos judiciales establece una primera administración de 100 mililitros de una solución de pentobarbital de 50 miligramos por mililitro: un total de cinco gramos. Si después no se certifica la muerte, existe otra ronda de respaldo con la misma cantidad, además de las soluciones salinas utilizadas antes y después.
Eso significa que el sistema contempla hasta diez gramos. No quiere decir, sin embargo, que podamos asegurar que tal cantidad llegó correctamente al torrente sanguíneo de la condenada. Esa es precisamente una de las preguntas que deberá responder la investigación que ya está en marcha.
Esta sustancia pertenece al grupo de los barbitúricos y actúa como depresor del sistema nervioso central. Sus efectos van desde la sedación hasta el coma profundo y, a medida que aumenta la dosis, también lo hace la depresión respiratoria. Una sobredosis grave puede desencadenar apnea, colapso circulatorio, parada respiratoria y muerte. Por vía intravenosa, además, empieza a actuar prácticamente de inmediato.
La lógica es bastante sencilla: introducir rápidamente en la circulación una cantidad enormemente superior a la utilizada con fines médicos hasta provocar la pérdida de consciencia, la depresión respiratoria y, finalmente, la muerte. Una sobredosis de toda la vida.
El problema es que para eso el medicamento tiene que llegar donde se supone que debe llegar.
Cuando el problema empieza en la vena
Tennessee ya se había enfrentado a un dilema cuatro meses antes. El 21 de mayo de 2026 debía ejecutar a Tony Von Carruthers. El personal consiguió colocarle una vía intravenosa principal, pero necesitaba además otra de respaldo.
No encontraron una vena adecuada e intentaron establecer una vía central.
Tampoco funcionó.
La ejecución fue suspendida y el gobernador Bill Lee concedió al reo una prórroga de un año.
Este tipo de dificultad no es precisamente una rareza en las ejecuciones por inyección letal. Con Pike, sin embargo, aparentemente habían conseguido superar ese primer obstáculo. Algo falló después.
¿Qué?
Por ahora, no lo sabemos.
Su defensa ya había advertido de posibles dificultades relacionadas con el acceso vascular. En los documentos presentados ante los tribunales se alegó que tenía venas pequeñas y comprometidas y se planteó expresamente si esas características podían aumentar el riesgo de una administración incorrecta. También se había mencionado un trastorno sanguíneo y los problemas que, según su equipo legal, existían habitualmente para extraerle sangre.
Después del intento, sus abogados aseguraron haber visto múltiples marcas de aguja y describieron cambios de color y lesiones en uno de sus brazos. Plantearon una posibilidad: que parte del pentobarbital hubiera terminado infiltrándose en los tejidos en lugar de circular correctamente por la vena. Durante la propia ejecución, Pike ya había dicho que le dolía.
Es una hipótesis. De momento, nada más.
A 2 de octubre, el Departamento de Prisiones no ha explicado públicamente qué ha podido ocurrir y el gobernador Bill Lee ha ordenado una revisión independiente. Hasta que sepamos sus conclusiones, no podemos confirmar dónde estuvo el fallo.
De la horca a la inyección: en busca del método perfecto
Lo curioso es que esta búsqueda de una manera más controlable —que no más humana — de ejecutar a una persona lleva siglos ocurriendo.
Durante buena parte de la historia estadounidense —y de medio mundo— el método habitual fue la horca, pero tampoco era tan sencillo como colocar una cuerda y abrir una trampilla. Había que calcular la caída en función, entre otras cosas, del peso del condenado: una distancia insuficiente podía provocar una muerte lenta por estrangulamiento y una excesiva, lesiones traumáticas extremas.
A finales del siglo XIX apareció una solución que entonces parecía muchísimo más moderna: la electricidad.
La propia Corte Suprema estadounidense ha reconstruido esta evolución al analizar la constitucionalidad de distintos métodos. En Bucklew v. Precythe , en 2019, recordó que Nueva York sustituyó la horca por la silla eléctrica en la década de 1880 después de que una comisión buscara un procedimiento considerado en aquel momento más práctico y menos doloroso. Más tarde otros estados recurrieron al gas y, desde la década de 1970, esa misma búsqueda terminó conduciendo hacia la inyección letal.
Vista así, la historia de la pena capital tiene algo de “sucesión tecnológica”: aparece un sistema que promete corregir los problemas del anterior y, tarde o temprano, aparecen también los suyos.
La vieja chispas nos dejó uno de los ejemplos más extraordinarios.
Willie Francis: electrocutado dos veces

El 3 de mayo de 1946, Willie Francis fue conducido hasta la silla eléctrica de Luisiana. Tenía unos tiernos 17 años.
Le colocaron el equipo, activaron la corriente y no murió. Un fallo en el sistema eléctrico había impedido que la descarga cumpliera su objetivo.
Y entonces apareció una pregunta que casi ochenta años después vuelve a estar sobre la mesa: ¿puede un Estado intentarlo otra vez?
La respuesta es sí.
El caso llegó hasta el Tribunal Supremo de Estados Unidos y la Corte permitió que se repitiera la ejecución. El razonamiento no fue completamente uniforme entre los magistrados, pero la mayoría entendió que aquel fallo accidental no convertía
automáticamente el nuevo intento en doble castigo ni suponía por sí mismo una vulneración constitucional de la prohibición de penas crueles e inusuales.
Francis fue finalmente ejecutado.
Durante décadas su historia quedó como una de esas rarezas casi imposibles de repetir.
Hasta que llegó la ahora infame inyección letal.
Dieciocho pinchazos, ninguno letal
En septiembre de 2009, Ohio intentó ejecutar a Romell Broom.
El equipo pasó aproximadamente dos horas intentando encontrar una vía por la que administrar los medicamentos. Cuando todo terminó había dieciocho puntos de punción en su cuerpo y seguían sin disponer de un acceso intravenoso utilizable.

El gobernador suspendió la ejecución.
Broom acudió después a los tribunales para impedir que Ohio volviera a intentarlo y, en 2016, el Tribunal Supremo estatal resolvió por cuatro votos contra tres que hacerlo no
infringiría las prohibiciones constitucionales contra el doble castigo o las penas crueles e inusuales.
Aquí aparece, sin embargo, un detalle importante. Para aquel tribunal, esta ejecución jurídicamente ni siquiera había comenzado: por mucho que hubieran intentado pincharle, ninguno de los medicamentos destinados a matarlo había entrado en su cuerpo.
Nunca llegó a enfrentarse a otra fecha. Murió años después en prisión.
Si la inyección falla, ¡probemos otra cosa!
Alabama intentó ejecutar a Kenneth Eugene Smith mediante inyección letal el 17 de noviembre de 2022. El personal tampoco consiguió establecer el acceso intravenoso necesario y terminó suspendiendo el procedimiento.
Pero esta vez el estado decidió probar algo diferente.

El 25 de enero de 2024, Smith murió mediante hipoxia por nitrógeno. Era la primera vez que este sistema se utilizaba para ejecutar a una persona en Estados Unidos. La documentación judicial previa describe expresamente aquella muerte como el segundo intento de Alabama después del fracaso de 2022.
Y así volvemos prácticamente al principio: cuando una forma de hacerlo empieza a plantear problemas, aparece otra dispuesta a resolverlos.
La horca dio paso a la electricidad. Después llegaron el gas y la inyección. Más recientemente, las dificultades para conseguir determinados fármacos y las ejecuciones problemáticas han devuelto a las legislaciones de algunos estados sistemas que parecían propios de otra época, como el pelotón de fusilamiento. Mientras tanto, la hipoxia por nitrógeno ha pasado en apenas unos años de ser una posibilidad sobre el papel a utilizarse realmente.
La garantía absoluta no existe.
La propia jurisprudencia del Tribunal Supremo asume que una ejecución puede sufrir complicaciones. La Constitución estadounidense, según la Corte, no garantiza una muerte completamente indolora; la cuestión jurídica está en distinguir un accidente posible de un método que genere un riesgo constitucionalmente inaceptable de sufrimiento.
Dicho de una manera bastante menos protocolaria: que algo pueda salir mal no convierte automáticamente el sistema en inconstitucional.
Vale, pero ¿pueden volver a intentarlo con Christa Pike?
La respuesta, de momento, es que no lo sabemos.
Eso sí, sobrevivir no hace desaparecer mágicamente una sentencia de muerte. No existe ningún truco del tipo “en teoría ya ha cumplido la pena”. Los precedentes anteriores ya lo dejan claro, aunque por caminos distintos: Francis sobrevivió a una ejecución que sí
había comenzado; en el caso de Broom, el tribunal sostuvo que jurídicamente ni siquiera había empezado.
Pike está en un limbo distinto.
En su caso, el pentobarbital sí llegó a administrarse. Por eso lo ocurrido el 30 de septiembre es bastante más difícil de colocar dentro de lo ocurrido anteriormente.
Tennessee tenía un plan B si la primera ronda no funcionaba.
No había un plan C.
Sus abogados sostienen ya que someterla nuevamente a una ejecución vulneraría sus derechos constitucionales y han pedido que su condena sea conmutada. El estado, por ahora, no ha anunciado una nueva fecha y tampoco existe una resolución judicial que determine qué consecuencias tendrá lo sucedido.
Así que no puede afirmarse que Tennessee vaya a intentarlo de nuevo. Pero tampoco, al menos por ahora, que legalmente no pueda hacerlo.
Si Pike sobrevive, probablemente ahí estará la siguiente gran batalla del caso.
Y después de aferrarse a la vida, ¿qué?
A 2 de octubre, Christa Pike continúa hospitalizada en estado crítico. Sus abogados han explicado que recibe tratamiento para mantenerla con vida y que todavía desconocen cuál será su pronóstico a largo plazo.
Mientras ella sigue hospitalizada, el gobernador ha paralizado las ejecuciones previstas en Tennessee durante el resto de 2026 y ha encargado una investigación externa sobre lo sucedido.
Y quizá sea ahí donde queda ahora mismo la historia.
Durante décadas, tribunales, funcionarios y médicos han intentado reducir una ejecución a una sucesión de pasos, cantidades y tiempos. Todo previsto para terminar siempre en el mismo punto.
Esta vez no ocurrió.
La condena decía qué debía pasar con Christa Pike.
Lo que vino después, no.
Fuentes
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Alabama Department of Corrections. (2024). «Execution Carried Out for Kenneth Eugene Smith».
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Associated Press. (2026). «Christa Pike is in critical condition after Tennessee’s failed execution attempt, her lawyers say».
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Associated Press. (2026). «How Tennessee’s failed execution of Christa Pike unfolded, minute-by-minute».
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Baze v. Rees, 553 U.S. 35 (U.S. Supreme Court, 2008).
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Bucklew v. Precythe, 587 U.S. 119 (U.S. Supreme Court, 2019).
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DailyMed — U.S. National Library of Medicine. (2024). «Pentobarbital Sodium Injection, USP».
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Francis v. Resweber, 329 U.S. 459 (U.S. Supreme Court, 1947). U.S. Government Publishing Office.
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Glossip v. Gross, 576 U.S. 863 (U.S. Supreme Court, 2015).
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Ohio Supreme Court. (2016). «Second Execution Attempt Is Not Cruel and Unusual Punishment». Caso Romell Broom.
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Reuters. (2026). «Christa Pike getting‘life-saving medical care’after surviving Tennessee execution».
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Supreme Court of the United States. (2026).Christa Gail Pike v. Tennessee, No. 26-5696. Expediente, anexos, informes periciales y documentación sobre el protocolo de ejecución.
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Tennessee Department of Correction. «Death Penalty in Tennessee». Historia y evolución de los métodos y protocolos de ejecución del estado.
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Tennessee Department of Correction. (2024). «TDOC Completes Lethal Injection Protocol Review».
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Tennessee Department of Correction. (2026). «Media Advisory: Christa Pike #261368».
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Tennessee Office of the Governor. (2022). «Gov. Lee Calls for Independent Review Following Smith Reprieve».
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Tennessee Office of the Governor. (2022). «Gov. Lee Announces Decisive Action to Ensure Proper Protocol at TDOC».
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Tennessee Office of the Governor. (2026). «Gov. Lee Grants Temporary Reprieve for Tony Von Carruthers».